nueve grados norte

Hablamos 5 minutos, en honor a lo cual invitó a otra cerveza y una bolsa de maní, para recuperar a mordiscos los reflejos. 20 minutos después de escucharle recordar sus 53 de malacrianzas, hazañas y las luchas de quien ha vivido a punta de lo que aprendió de los callos de otros y no de sus libros, y quien con canosa astucia defiende como una prerrogativa innegable la birra terapéutica antes que pagar comida y deudas, llegaron las dos idas rápidas al orinal y los silencios que recuerdan mirar el reloj y el cielo del medio día nublado en presagio de ruedos tintos de los charcos que el cemento se niega beber. Nos despedimos con ese apretón de manos agradecido con la rápida fraternidad de bigotes de espuma y la suerte de haberse topado con un “buena gente”, circunstancia ésta que no es inmune a la fiebre que sudan esas aceras: Cuándo pasa otra vez por aquí; diay, no sé, cuando tenga que pasar por aquí. Adiós.

Las visitas intencionales se justifican con un no hay más remedio‚ o buscalo en Chepe Centro ahí se consigue; porque a pesar de esa naturaleza de punto de fuga, la ciudad de San José se mantiene como el centro de acopio más diverso de insumos y servicios del país, en el que cientos de miles hacen vida, producen su sustento o la aprovechan como la gran estación hacia cualquier parte; un lugar al que ante la necesidad se recurre con fé profesa y anticipado agobio.

Y quizá sean esos encuentros fortuitos los que ablandan el desarraigo de su personalidad de tránsito crónico, eso que la hace lugar donde aparentemente no ocurre mucho, donde todo parece intrascendente aunque no por ello irrelevante, porque no se visita para ocurrir, se cruza para ocurrir en otra parte.

No así, ese banquillo se queda ahí, la barra se queda ahí, Chepe no se va de Chepe, no apaga la luz a las 10 y se duerme. Prejuiciosa y aparencial, dicha impresión es una construcción de vitrina, fantaseada a través de parabrisas, quizá emocionalmente motivada por la lejanía de Chepe Centro a ideales de urbe mitificados, por manías aspiracionales de modelos de consumo que para ciertas grupos de pies cortos y voz ancha el centro no proporciona; hay deseos que el centro no satisface y eso se resiente atentando contra su memoria. Quizá lo peor que puede ocurrirle a un espacio sea nombrarlo con un profundo deseo de olvido, bailar con él dándole la espalda, y esta pulsión de intrascendecia quizá sea síntoma de un mal evidente en la desidia de nuestros gobernantes, el desinterés del funcionario, la manía a importar necesidades de otras culturas; todos saben que el olvido les excusa, no pide recibos a la historia y hasta reelige criminales. Atentar contra los espacios de memoria, dejar de articularlos o producirlos, puede sea amago de un simple estornudo generacional o de un lamentable estertor al desarraigo. Sin memoria no hay aquí, y sin aquí no hay nosotros. El aquí es hacer memoria del presente, para no importar recuerdos, para no envidiar en frustración el hoy de otros.

A pesar de los pocos moldes que ruidosamente la anulan en desprecio, está esa mayoría que bombea las venas de sus aceras, inmune al reniego, a su invisibilidad sugerida, la gente que respira comercios, escuelas, parques, comida, amores y crímenes, los que hacen en ella su ocio, cumplen aspiraciones y lloran pérdidas y decepciones. Chepe trabaja, come, caga, baila, descansa, pero no duerme; aunque de espaldas anden rumiando lo contrario.

Diario de ruta

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